Servidumbres

“Yo soy un mandado”, te dice, como si no lo supieras. Como si no supieras que no tienes nada que discutir con él, porque él no discute, él sólo consulta. Como si no supieras que lo que ahora te dice dentro de un rato se convertirá en humo. Porque es humo, y el humo va por el aire. Y no es adaptación, no. Ni tampoco obediencia. Y no es disciplina, ni tampoco conveniencia, ni generosidad. Tan sólo es servidumbre. Y la servidumbre siempre es voluntaria, como nos enseñó De la Boètie.

Consulta cada paso, cada palabra, cada número, cada idea. Y luego transporta de un lugar a otro cada paso, cada palabra, cada número, cada idea. No tiene nada propio, ni siquiera la opinión. Ni siquiera su propia opinión. Su opinión pertenece a los demás, su opinión pertenece a otro. No propone ni contrapone, tan sólo asiente y anota. No aporta, sólo transporta.  “Yo soy un mandado”, te dice, como si no lo supieras.

No sabe dar explicaciones porque no las encuentra. Y no las encuentra porque no las tiene. Porque no las pide. Pero sobre todo porque ni siquiera nota que no se las han dado. Ni siquiera repara en el vacío que deja su falta.  No las pide. No las imagina. No las quiere. No las necesita. La servidumbre siempre es voluntaria.

Y te lo encuentras sonriente, un tipo simpático. Feliz en su egoísmo anegado de servidumbre. Servil en su exclusiva felicidad. Y a veces te responde grave, herido de una importancia impostada, creyéndose dueño de secretos ajenos, ignorante de silencios que no se molesta en interpretar pero que sigue al pie de la letra, una vez que se ha desprovisto de toda curiosidad por saber, por entender, por explicar. Recuerda que no aporta, sólo transporta. Su servidumbre no proviene de la renuncia a la lucha, sino de la renuncia a comprender. Rendirse por anticipado, aceptar sin hacerse ni una sola pregunta y asomarse después, ya tranquilo, al espejo de la servidumbre.

“Yo soy un mandado”, te dice. Como si no lo supieras.