Arden las enésimas fiestas

De nuevo arden fiestas en el poblachón. Como cualquier pueblo, ciudad, aldea que se precie en España, aquí se celebran las fiestas propias, que son a principios de julio, y las generales del 15 de agosto, las de la Virgen. O sea, que somos un pueblo echado a perder pero muy bien arropado de santos, patrones, vírgenes y mantos. En fin, que todo lo que nos falta en ilustración, nos sobra en peanas. Ya tengo por ahí escrito que aquí no se quita el cartel de “Felices fiestas” en todo el año, aunque está justificado que no se quite en todo el verano. Este es el motivo por el cual en el centro del poblachón, y a pesar de los pinares, el aire puro y el viento serrano, no pega ojo nadie que se meta en la cama antes de las tres de la mañana. O más, que hay días con bola extra.

Vaya por delante que a mí me es indiferente por dos razones. En primer lugar, yo estoy de vacaciones y además, no vivo en el centro del poblachón, y en segundo, no me cuesta un duro, si bien el ayuntamiento de Madrid ya me cobra los botellones desde antes de llegar la Botella. Hay una tercera razón, y es que yo también me apunto a los tachundas, que para tomar unas copitas y mover un pié al compás del Francisco Alegre y olé (esto no falta nunca), siempre estoy motivada. En el poblachón, que es pueblo de importancia, tienen la estación de trenes bien separada del pueblo, por lo que conforma un barrio aparte. Y barrio aparte, tachunda aparte. Será por dinero. Estos últimos años, la asociación de vecinos pagaba a un grupito musical que interpretaba a los Beatles, y debo decir que el primer año el Yellow submarin me pareció muy rumboso, pero el tercero ya me acordaba hasta de la madre de Yoko Ono, por aquello de mi amor por lo asiático. Este verano, el ayuntamiento, que debe ser liberal al estilo español, ha tomado cartas en el asunto y nos ha regalado una orquesta más acorde con el tono general de las festividades pueblerinas. No recuerdo el nombre de la orquestilla, pero se llamaría Paraíso, o Cisne cuello blanco, algo con evocación romántica y protoglamurosa, o sea, lo que viene siendo arreglá pero informal. Las dos mujeres que alternaban el canto con los gritos raciales eran muy de patata revolcona y morcilla de arroz, o sea, muy del poblachón, y me llevaban unos leggins plateados y un top rosa fucsia que me dejó tan impactada que me ha costado trabajo dormirme. En fin, son los riesgos que una corre en verano, qué le vamos a hacer.

En realidad, yo no quería contarles todo esto, aunque ya que lo he escrito aquí se queda. Mi intención era detenerme en esas dos señoras tan peculiares que siempre te encuentras en los tachundas, con la permanente como de pelo frito y con collar de perlas que, muy serias, se ponen a bailar agarradas en cuanto empiezan los pasodobles. Viudas no son, que sus maridos las miran como miro yo una carrera de Formula 1, no sé si hipnotizados o aburridos, pero en todo caso sin entender nada, con una mano en el bolsillo del pantalón marrón y la otra sosteniendo un vaso de whisky con agua. Yo creo que esas dos señoras en realidad no existen, y son una aparición que tengo yo en cada tachunda que voy, ya sea en un pueblo u otro. Me parecen geniales, y tengo para mí que dentro de un par de generaciones habrán desaparecido. Me refiero al prototipo de bailantes, naturalmente. Si llego a los 70, me freiré el pelo y les tomaré el relevo. Ahora sólo tengo que buscarme un marido que beba whisky con agua, aunque si me lo permiten, intentaré que se olvide de lo del pantalón marrón, que tampoco hay que pasarse con las tradiciones.