Fuego en el monte: no hay perdón

Era un paisaje imponente. Un olor inolvidable a pino, a jara, a tomillo, a campo limpio, a campo sano, a campo libre. Venías de El Escorial por el puerto de la Paradilla, pelado y triste, y en el cañon del río Cofio todo cambiaba. Una curva daba paso a un bosque frondoso, y te internabas con el coche en uno de los pinares más grandes de Europa. Y abrías las ventanillas, daba igual que fuera invierno o verano, para respirar, para oler, para disfrutar.

No he sabido si le cazaron, y tampoco qué fue exactamente lo que pasó. El primer rumor apuntaba a un desalmado al que echaron de mala manera de las fiestas de Robledo, que gritó “os vais a acordar de mí”. Yo me acuerdo mayormente de su puta madre, pero para el caso es lo mismo. Llegaba el humo, lo veíamos desde la montaña de referencia, venía hacia aquí. Los bomberos y los voluntarios se dejaron la piel, pero aquello era demasiado gordo como para que no devastara monte y casas. Nos íbamos a acordar de él. Ya lo creo que nos acordamos.

Cuando ahora llegas al puente del Rio Cofio, te espera un monte pelado, desbrozado de los restos de pinos quemados y de la naturaleza calcinada. Tierra removida, ahora desde la carretera se descubre lo que había al otro lado de los pinos, malditas vistas de pueblos que siempre estuvieron ahí, escondidos detrás del bosque, disimulados por aquella carretera de ensueño.

Cada año le toca a alguien. Perturbados que no encuentran manicomio ni ley que los retire de la circulación para que no dañen más. Imprudentes que no encuentran explicación a la catástrofe, porque toda la vida llevan quemando rastrojos o haciendo estúpidas barbacoas. No se cuidan los bosques en invierno ni se sienta la mano contra aquel que lo destroza en verano. No tenemos perdón.