Tiempo

El tiempo es tiempo y sólo tiempo. Incluso cuando se tiene prisa, incluso cuando se va despacio, el tiempo es tiempo y sólo tiempo. Comprenderlo es sencillo: después de un lunes viene un martes y hoy ya no será hoy después de las doce. Y el día de ayer contó con las mismas horas que el día de mañana, los siglos se reparten en años, y los años en días, y los días en horas. Aquí y en cualquier lugar del mundo, hoy y siempre, y siempre es todo el tiempo, igual que nunca, que también es todo el tiempo.

“No tengo tiempo…” ¿Y quién lo tiene? No se puede guardar, ni almacenar, ni cambiar. Ni se puede comerciar, ni comprar, ni vender. No se recupera, no se gana, no se pierde. No sobra, porque no falta y no falta porque siempre hay el mismo, y porque tú deberías saber a qué hora se moverán las agujas de tu reloj, no es tan difícil. No importa cuánto, no importa cómo, no importa dónde ni por qué. Importa cuándo. Y no hay nada que explicar, como mucho sirve de algo medir. Y no hay más.

El tiempo es la única dimensión, la única variable, conocida y medida de antemano, inmutable, perfectamente previsible, cuya medida está pautada y aceptada universalmente. No saber organizarlo implica ser profundamente estúpido. O profundamente débil. Cerebros deslavazados que te dicen que no tienen tiempo… ¿Y quién lo tiene? Piensan que podrían tener el tiempo para controlarlo, como si pudieran hacerlo, como si se lo permitiera algún dios del Olimpo, como si eso estuviera a su alcance, como si su alcance llegara muy lejos, más lejos que el propio tiempo. Una ambición que, de puro absurda, se convierte en la nada, en la nadería del descontrol de los propios actos, el no dominar ni tus propias respuestas, que siempre pierden su momento de razón. Lo mismo da un sí o un no, hasta la palabra se improvisa, y ya no sabes dónde estás, dónde te perdiste, y el tiempo ya es espacio, y tu compromiso se convierte en una quimera inmanejable.

Personas que saben apenas lo que tienen que hacer, pero no saben cuánto tiempo les llevará. Peleles incapaces de entender que nada se puede ordenar aleatoriamente, porque entonces deja de ser orden, y que sólo a veces se puede ordenar lo aleatorio, pero entonces deja de ser aleatorio. Tontos que corren de un lado a otro y que creen que dominan el qué, el cómo, el porqué, y entonces creen que pueden engañar al cuándo. Y corren detrás del tiempo, que no corre nunca, que mantiene el mismo ritmo siempre. Siempre. Siempre. Y nunca. Personajes absurdos que van y vienen, sin que pase nada nunca, aunque algo pase siempre. Creen que por ir deprisa ganarán al tiempo. Pero el tiempo es tiempo y siempre tiempo, y sólo se deja alcanzar cuando ya ha pasado.

Y el tiempo los acoge, los muerde, los mastica. Y al final, los escupe.