Un equipo de leyenda

Guapetonas-FC-unmundoparacurraNo se alarmen que no voy a hablar del Madrid, sino del equipo de chicas que jugábamos un partido de fútbol en el poblachón cada verano. Ya saben, el clásico chicas contra chicas de dos pandillas diferentes, en donde los chicos se jugaban un honor bastante elemental y nosotras arriesgábamos rompernos una uña. Y además de estas cosas tan prosaicas, nos apostábamos un barril de cerveza, en el entendido de que las copas ya las disfrutaríamos por la noche, cuando estuviéramos todos duchados y con zapatos.

Las otras, o sea las del equipo contrario, elegían siempre ir de blanco, monísimas y muy bien conjuntadas, y nosotras intentábamos ir de un azul que siempre era muy inconcreto. Tan inconcreto que alguna tiraba por la calle del medio y se ponía la camiseta que favoreciera más a su moreno. Esta necesaria tolerancia con el dress code no evitaba del todo el indeseable “y yo qué me pongo“, pero relajaba lo suficiente el uniforme como para ir cómodas y poder concentrarnos adecuadamente en el barril de cerveza, que era lo importante. Un color u otro, siempre las ganábamos por una razón fundamental: nosotras jugábamos organizadas. Ellas no. Ellas jugaban como se espera que jueguen las chicas, es decir, corriendo todas a la vez detrás del balón, chocándose entre sí y gritando mucho. Y es que nosotras teníamos hasta dos “entrenadores”, que no nos entrenaban nada, porque a nosotras nos sobraba el talento como para desperdiciarlo en absurdas agujetas previas. A cambio, nos distribuían y decidían los cambios y los relevos. Y a veces nos pegaban algún que otro grito. Por ejemplo “¡Carmen, cuidado con ésa!”, y yo ya sabía que tenía que esperar a que ésa le diera un puntapié atolondrado al balón para intervenir con calma, quitarle el balón con elegancia y echarlo fuera con prudencia (o dárselo a la portera con precaución, que era otra posibilidad). Y es que yo jugaba de líbero….

De todos modos, y organización aparte, éramos mejores. Fijas jugábamos YL (un crac, con libertad de movimientos), CL (finísima de extremo derecho), Ana C. (sensacional de media punta), Mª José y Yoli, (en el centro del campo con labores defensivas y de destrucción, un muro), y Beatriz y yo en la defensa (aunque yo no podía subir, porque me dijeron que yo era líbero pero por detrás de la defensa). Claudia era nuestra guardameta, y mandaba mucho y decía muchas palabrotas cuando tenía que intervenir, siempre con mucha valentía. En cuanto al resto, iban entrando y saliendo en posiciones aleatorias, con la clara misión de estorbar a las otras todo lo posible, gritar más que ellas, dar algún empujón y lanzar el balón hacia delante en cualquier circunstancia, sin importar demasiado dónde y a quién pudiera llegar. Así es que era un 2-2-3 con adornos, que se convertía en un arrollador 2-2-6 atacando y un inteligente 6-2-2 defendiendo, pudiendo llegar a un 8-0-2 si al equipo contrario le daba por venir en tromba, algo que pasaba cada cuarto de hora conforme iban recuperando el resuello.

Aparte de ese partido en los larguísimos veranos del poblachón, no jugábamos nunca al fútbol, entre otras razones porque no nos importaba un pimiento. Pero a pesar de disputar una sola final cada verano, aquel sí que era un equipo de leyenda. Qué copa de Europa ni qué copa de Europa…