Un ser teórico

Recuerdo el anuncio de la muerte del primer presidente de la empresa, un ser teórico del que he olvidado el nombre; no le había visto nunca y estoy seguro de que, hoy, el agregado comercial de Málaga o de Catania me considera como un ser teórico del que ignora el nombre, porque es inútil llenarse la cabeza con tutelas lejanas…”

Este párrafo está sacado de un libro escrito por un antiguo presidente de la empresa en la que trabajo, un señor a quien yo tuve (y tengo) una enorme admiración por muchas razones que no vienen al caso.

Siempre me ha encantado esa definición: un ser teórico. Por regla general, se los incluye entre “los grandes jefes”, o “los jefazos”, o (de manera mucho mas cobardona) la dirección o los de arriba. Un ser teórico es ese tipo al que como mucho se le conoce por una foto, o ni siquiera, porque en la intranet está el número 1, pero no el 3 ó el 4. Es alguien con una personalidad difuminada por su cargo, perdido en un organigrama ininteligible. Imaginas que existe y tal vez podrías atreverte a adivinar el idioma que habla, pero no sabes ni donde vive, si tiene familia, hijos o perro, o cómo serán sus amigos. No eres capaz de imaginar en qué emplea su tiempo por la mañanas. No puedes figurarte cómo será su día a día, qué papeles leerá, qué correos electrónicos recibirá. Tal vez te lo hayas cruzado en el ascensor, y no te has dado cuenta. O un día le escuchaste en aquella presentación, sí, pero no eres capaz de recordar qué dijo. No has visto nunca su firma, no sabes cómo escribe. ¿Será zurdo? ¿Cómo será su voz? En realidad, no sabes cómo se llama, quizá una vez te dijeron su nombre, pero no lo recuerdas porque no forma parte de tus conversaciones. En fin, sabes que está por ahí, así es que alguien le conocerá. Pero para ti es un “ser teórico”: alguien que está por ahí… Y cuando dices “por ahí”, sacudes tu mano levantada y tus ojos miran al noroeste, encoges los hombros y tu gesto admite que, efectivamente, te refieres a un ser teórico que no sabes seguro si existirá.

La conocí en un curso organizado en la casa matriz en 2004. Eramos 32 personas, y fue un curso que duró 4 semanas repartidas en 6 meses.  Nos reímos mucho y lo pasamos muy bien. Cada una siguió su camino en áreas profesionales sin ninguna relación y en dos empresas distintas del grupo, cada una en su país de origen. En 2009 me encontró ella a mí en una convención. Vino a saludarme con enorme alegría. En los mentideros figuraba como la número 1 de uno de los grandes países de la filial, aunque de eso yo me enteré después, cuando algún baboso me soltó esa frase tan servil: “qué bien relacionada estás”. Y a los que opositan a siervo hay que contestarles adecuadamente, siempre: “casada, dos hijos preciosos, vive en tal ciudad y tiene un dogo. O tenía…se llamaba Passepartout, lo recuerdo bien”. Naturalmente que lo del dogo me lo inventé, a los pelotas siempre hay que echarles algún hueso. Cuando publicaron su nombramiento, me vino a la cabeza su efusividad: yo era la única con la que podía encontrar cierta familiaridad en aquella convención de desconocidos.

La semana pasada fui a París. Yo salía por una puerta hacia mi taxi cuando ella entraba por otra. Llevaba abrigo de piel, iba bien maquillada, el pelo recogido en un moño. Levanté la voz para decir su nombre, lo tuve que decir dos veces. Se giró, me miró y aun tardó tres segundos en procesar mi cara. Me situó en su memoria. Tardó en encontrar la naturalidad, y a un natural “¿Cómo te va?” me respondió con un “vengo de hablar con los sindicatos” completamente estrafalario en aquella conversación y en ese contexto. Bueno, y con aquel abrigo, ahora que lo pienso. Le dije que no tenía tiempo de tomar un café, y que tampoco sabía cuándo volvería, y bromee: “y si no, en la próxima convención”.

– Sí. Pero acércate ¿eh? Si tú me ves a mí, acércate a hablar conmigo ¿eh? Acércate…

Y me llevó un par de horas reponerme de aquella frase. Y de su desconcierto cuando contesté riéndome “claro, descuida”. Se había convertido en un ser teórico. Y no sé si era consciente, pero desde luego ya se había acostumbrado.