Al borde de la muerte

Escribo alborozada aunque renqueante y agotada por el esfuerzo de la defensa de mi vida. No en vano he sobrevivido milagrosamente al ataque de unos virus ponzoñosos que me han contagiado en mi oficina. Virus que procedían, muy probablemente, de alguna guardería o algún colegio infecto a donde va el retoño de algún compañero, o quizá de la oficina en la que trabaja el marido o la esposa de alguien con el que he tenido que reunirme en estos días. Había conseguido sortearlos, y había contemplado la última semana cómo iban cayendo, como moscas, algunos compañeros. Hasta que me ha tocado a mí.

El miércoles empezaron los escalofríos por la tarde. Me tomé una aspirina francesa UPSA con vitamina C, que son unas aspirinas que tengo yo por infalibles. Una reunión tardía me  dejó bajísima de defensas, y allá que vinieron los virus latentes: a cebarse en mi pobre cuerpo. Y lo peor es que tenía una cena de compromiso. Así es que llegué a casa, tomé una ducha con agua muy caliente, me abrigué, y allá que me fui. No sabría decirles si mis intervenciones en la cena fueron muy inteligentes, aunque seguro que fueron muy masculinas, porque ya para entonces tenía voz de manolo.

Llegué a casa con fiebre y no pegué ojo. Se sucedían los episodios de escalofríos y sudores, y otros episodios que no les voy a contar porque este blog lo lee gente que tiene mundo y no considero necesario explicarlo todo. A la mañana siguiente dudé entre llamar al médico o al cura, pero pensé que debía darle una oportunidad a esos hombres y mujeres que han estudiado 6 años para arreglar lo que destrozan los virus, las bacterias y la mala suerte, y que mi alma todavía se quedaría un ratillo por aquí vagando hasta que alguien tuviera a bien llamar al timbre para que San Pedro me abriera las puertas del cielo. Así que el médico me toco la tripa, me auscultó, proyectó su linternita en mi garganta, me miró fijamente a los ojos y me dijo que yo iba a morir sin remedio, aunque él no creía que este virus fuera capaz de adelantar el acontecimiento, y que me tomara un paracetamol MYLAN 650 cada 6 horas. Y así pasé el día, en la cama, con la cabeza a punto de estallar, no podía leer, ni oir, ni ver la tele, casi ni hablar. Puse un correo a E. diciéndole que estaba agonizando al borde de la muerte, y que rezara por mí un Notre Père en francés y algo que le sonara en español, que no perdiera el tiempo en cambiar mi agenda, porque ya me quedaban pocas páginas que rellenar, y que lo dedicara a inventarse algo heroico para describir mi muerte y algo legendario para resumir mi vida. También que fuera enmarcando mi foto para colgarla en mi despacho cuando lo convirtieran en sala de reuniones (la Sala Jiménez, creo que llegué a sugerir). Bueno, esto me lo acabo de inventar. El correo era mucho más escueto y no llevaba instrucciones, porque cuando los virus atacan de esa forma, hay que dejarse de humoradas y concentrarse en sobrevivir.

Luego, ya por la noche, logré dormir y esta mañana incluso me he acercado a trabajar un par de horas, lo justo para celebrar que he logrado apaciguar tanto virus inmundo. Pero están ahí, lo sé, ¡los noto!, aunque me han dado otra tregua para poder contárselo.

Y ahora, si me permiten vds, me voy de nuevo a la cama a seguir penando.