El imperio del sol

Ballard unmundoparacurraHoy es día 15 y toca el post del Club de Lectura, un sitio muy agradable en donde cuatro co-bloggers hablamos de libros. Este mes hemos leído El imperio del sol, un libro de James G. Ballard (la G es de Graham) en el que Spielberg se inspiró para dirigir la película que probablemente todos habréis visto. Sí, hombre, la película esa del niño repelente e hiperactivo que, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando entran los japoneses en Shangai, se suelta de la mano de su mamá en uno de esos tumultos que sólo son capaces de formar los chinos (que son muchos). Todo le pasa por hacer el tonto con un avioncito de juguete, y mira, la tontería le cuesta tener que sobrevivir en un campo de prisioneros japonés, rodeado peligros y comiendo patatas con gorgojos durante cuatro años. Y que dé gracias a que los americanos tiraron la bomba atómica, que si no a la criatura le habría salido bigote en el campo y se hubiera echado definitivamente a perder. ¿Recuerdan ya la película? Bonita ¿eh? De las de llorar a moco tendido. Pero es que Spielberg es un maestro del cine y de las emociones líricas, capaz de sacar belleza hasta de las historias más sórdidas que se puedan imaginar.

El libro tenía todos los ingredientes para haber salido por la ventana. En primer lugar, había visto la película y no me había gustado. Luego la he vuelto a ver para confirmar que, efectivamente, no me había gustado. Por otra parte, no me interesan los niños de protagonistas, no siento la menor empatía con sus historietas. Leer “Jim sentía compasión por el viejo mendigo (que han atropellado), pero por alguna razón sólo podía pensar en el pie con la huella del neumático. Si hubiesen ido en el Studebaker del señor Maxted, las huellas habrían sido diferentes, el anciano hubiera sido marcado con el diseño de la Goodyear Company…“, es una muestra de que no soy la única que no entiende los razonamientos de un niño: el autor tampoco y lo reconoce, pero por el camino nos cuenta un pensamiento absolutamente irrelevante para que vayamos entrando en la psique infantil. Y, francamente, yo nunca he tenido la menor curiosidad  por entrar en ninguna psique infantil. Y mi tercera prevención (llámenle prejuicio, va, no me importa) es que es un libro con chinos, y un libro con chinos no es un libro con algunos chinos, sino un libro con muchos chinos, porque los chinos siempre son muchos.

Pero bien, en contra de mis prevenciones (que le llamen prejuicios, venga, que no me importa), el libro me ha gustado más que la película. Bastante más. Es cierto que, como en todos los libros que sitúan la trama en tiempos de guerra y en campos de prisioneros, acabas de mugre, chinches y penalidades un poco fatigada, pero el libro tiene algunas virtudes. No desde luego la originalidad de la estructura o el preciosismo del estilo, pero sí un buen desarrollo y una buena ambientación de la sociedad de la época (en el Shanghai de 1941 cada capa social vivía en una época diferente), una buena comprensión de los personajes, en especial el del niño, que entra en el campo con ¿10 años? y sale hecho un hombrecito, y una historia que se deja leer con interés. El tono del libro está muy alejado del de la película. Mucho más sórdido, más duro, más realista, el autor describe al ser humano en unas condiciones de vida muy crueles, extremas, sin concesiones a ese buenismo de Spilberg de lagrimón por la mejilla. Y es que el autor estuvo allí, y sabe lo que es un japonés en un campo de guerra: ni una broma con ellos. El mundo es feo, los prisioneros no son alegres ni solidarios, no hay amor, sino lucha por conseguir una patata medio podrida y por sobrevivir entre condenados siendo un moribundo.

En fin, si quieren pasar un rato distraído y les gustan los libros de guerras (aquí se cruzan tres, ni más ni menos), léanlo. No es alta literatura, pero está bien, es una buena descripción de la guerra y su crueldad. Y si además ven la película por medio, podrán encontrar las diferencias entre las dos historias, que son muchas y de relevancia, y comprobar cómo una patata mohosa se puede convertir, con una música emocionante y unas bonitas puestas de sol, en un tocinillo de cielo.

Encontraréis otras reseñas y opiniones en La mesa cero del Blasco (CLICK), La originalidad perdida (CLICK) y Lo que pasa en mi cabeza (CLICK)