Arañas

La vi de reojo, caminando precavida, por la fachada de la casa. Tal vez si no se hubiera movido no la habría visto. Yo estaba a la conversación, una charla tranquila en una noche serena de agosto.

Traté de seguir a lo mío, a lo nuestro, a lo de los humanos. Una copa, un cigarrillo, buena música y una conversación templada con la temperatura y la falta de barullo. Pero allí estaba, dispuesta a colarse en una casa, a trepar por una cañería, a llegar a una habitación y esconderse entre unas sábanas, a clavar su colmillo en la piel de un niño, a dejar su ponzoña en la sangre de un anciano, de un enfermo, de un débil, a asustar con su aparición, a sobresaltar con su presencia.

No sé si llegué a decir espera, un momento, perdona, pero va a hacer el mal, no me gusta matar bichos, son animales y dios los ha puesto en la Tierra por algún motivo, pero va a hacer el mal, la Naturaleza es sabia, espera, perdona, un momento, comprendo que tienen que vivir para que otros mueran, que tienen su lugar en el mundo y que por eso lo ocupan, pero va a hacer el mal, si no hoy en un futuro, si no ella sus hijos, y si no sus hijos, los hijos de sus hijos, no importa lo que haga si no lo que puede hacer, y tal vez no haga el mal, pero puede hacer el mal, un momento, espera, perdona.

Me levanté, tiré la araña al suelo y la pisé.

La había visto de reojo, caminando precavida, por la fachada de la casa. De una casa en la que ya no vivía nadie. De una casa deshabitada.