La vecina de la Rue de l’Université

Vivía yo en París en mi primera expatriación, cuando me mandaron allí a trabajar unos meses en el año 96. Alquilé un apartamento en el 123 de la Rue de l’Université, una calle más que chic en un barrio más que bourgeois, un lugar muy BCBG en el 7ème arrondissement, Rive Gauche pero divine, de gente poco intelectual pero muy bien vestida y con un buen patrimonio, como la anciana tía de un buen amigo. Mi apartamento era como la casita de Barbie (la muñeca, no Klaus, se entiende). Por la puerta de la entrada, que se abría con una llave dorada, grande y pesada como la de un castillo medieval, se entraba a un saloncito con unas ventanas muy anchas que llegaban hasta el techo y que daban a una cour interior, amueblado con un sofá cama, una mesita de comedor redonda con cuatro sillas, una librería con guías telefónicas y libritos del Reader Diggest, y un enorme baúl de cuero que yo fui llenando durante mon séjour con botellas medio vacías y medio llenas de bourbon, ron, ginebra y vodka y que allí se quedaron cuando me fui, para que las disfrutara el siguiente inquilino. El vino lo dejaba a la vista en la cocina, porque tenía mayor rotación. Y es que en el portal de al lado había una pequeña cave con un viejo bodeguero muy amable, que me hacía probar todas las añadas, marcas y cepas que se le iban ocurriendo según fuera la opinión que yo le daba de la botella anterior.

– Me ha parecido un poco espeso. Y muy fuerte, monsieur.

– Ah, mademoiselle, se empeña vd. en tomar Borgoña. Tendría que probar este otro, un Bordeaux très fin…

– Pero será algo menos caro, monsieur, que entre lo que me vengo yo a beber y lo que me hace vd gastar, a este paso no podré volver a España.

El saloncito servía como distribuidor y de él partían tres puertas: una daba a una mini cocina en donde sólo cabía una persona adulta o dos niños muy delgaditos. Tardé tres ó cuatro días en comprender que sí, que había una lavadora tal y como ponía en el contrato (una lavadora de carga superior es un objeto altamente disimulable en una cocina reducida). Otra de las puertas conducía al baño, desproporcionadamente grande y en cuya bañera había lo que yo pensé que era un estante colgado en alto y que llené de botecitos y frascos hasta que mi amigo Javi me enseñó un día que “ese pequeño estante” en realidad era un tendedero retráctil. Este descubrimiento me vino fenomenal para no tener que desperdigar por toda la casa mi ropa, entre la que se encontraba un buen muestrario de lencería de un confuso color ala de mosca (la lavadora de carga superior gastaba estas bromas cuando se mezclaba ropa blanca con calcetines negros). Y la tercera puerta daba a una habitación enorme, más grande que el salón, en donde había un armario empotrado que ocupaba una pared entera, con su zapatero, su guarda abrigos, sus altillos, cajones y su tabla de planchado abatible, una cama de dos metros de ancho, un par de mesitas, un escritorio con dos sillas incomodísimas, y enormes ventanales vestidos con visillos blancos y unas cortinas de grandes flores rojas y rosas con las que el apartamento perdía cualquier asomo de neutralidad y se convertía, definitivamente, en el apartamento de una mujer muy, pero que muy femenina. Extraña vivienda en la que yo pasaba de ser Blancanieves en el dormitorio para convertirme en uno de los siete enanitos cuando entraba en la cocina.

La vecina cotilla y desagradable se me apareció tres veces. En la primera ocasión me dio a elegir entre escuchar música o ventilar el apartamento, un día a las cinco de la tarde en el que atravesaba la cour y pasó por debajo de mi ventana hacia su casa. Le contesté que seguiría haciendo ambas cosas aunque trataría de no simultanearlas. La segunda vez pasó por la escalera cuando escuchó la risa de unos pocos amigos que cenaban en mi casa, a eso de las 10 de la noche de cualquier día entre semana. Tocó el timbre envuelta en su abrigo de piel y me dijo que cuidara el ruido porque sus hijos iban a dormir. Y la tercera vez se presentó un sábado a la una de la mañana, vestida con una bata y con los rulos puestos, amenazando con llamar a la police, “mais qu’est-ce qu’est ce scandale!” Lo más difícil fue intentar ahogar las risas de mis amigos cuando se cerró la puerta.

Cuando por fin organicé el pot de despedida, un amigo me explicó lo qué debía hacer para no tener que soportar la horrible visión de aquella estúpida con rulos por cuarta vez. Simplemente debía escribir un cartelito en el que avisara de la fiesta pidiendo disculpas por anticipado y dejarlo colgado en el portal a la vista de todos unos días antes. En la nota no debía olvidarme de invitar a todos aquellos vecinos que quisieran unirse a la velada, en la que yo, personalmente, tendría el gran placer de recibirles. Todo tan cursi como eficaz, porque aquella loca no apareció. Y es que los franceses son un pueblo que se destaca por su enorme facilidad para llevar la contraria al resto. Será la grandeur…