El día del Carmen

Me daré por felicitada, no hace falta que os molestéis. Gracias a mi querido amigo Tomae que me felicita en los comentarios del post de ayer, supongo que ya desesperado esperando el post de hoy, y que me da pie para escribir esto que debería haber colgado esta mañana para una oportunidad más a los rezagados.

Pues sí, me llamo María del Carmen. Me pusieron este nombre por mi madre, que se llama Carmen. En realidad lo que todos hubieran deseado es que me pudiera llamar Manuel, porque cuando yo nací en mi familia llevaban esperando un varón desde hacía más de cuarenta años. Entonces no había ecografías, como todos sabéis, y había que esperar a que la matrona agarrara al bebé por los piés y después de los dos azotazos de rigor, que ahora supongo que estarán prohibidos por violentos y le darán al niño una pastilla, mirara al recién nacido por entre las piernas para ver el sexo, que ahora llaman género, y determinara si se podía llamar o no Manolo. Y yo no tenía nada por ahí que indicara que pudieran hacerlo, al menos de momento y a la espera de una cirugía propicia y de una voluntad que a fecha de hoy no se ha revelado (ni rebelado). Así es que después de aquella decepción, comprensible por otra parte, se pusieron a buscar un nombre para mí, de manera algo improvisada todo hay que decirlo, porque todos esperaban que a la tercera sería la vencida y llegaría un varón que pudiera dar continuidad a la saga familiar.

Cuentan las crónicas que empezaron imaginando Isabel y que cuando ya iban por Patricia, mi madre, aún convaleciente,  dijo “se acabó la discusión, se llama como yo“. Y se acabó la discusión y me llamé como ella. En casa me llaman Mari Carmen y muchos de mis amigos del poblachón, que me conocen desde niña, también me llaman así muy a menudo. Perdí el “mari” en BUP, cuando cambié de colegio. Supongo que habría otra Maricarmen o tal vez decidí que Carmen a secas es más corto, que a mí siempre me ha gustado ir al grano. Hay bastante gente que me llama Carmela, y no falta quien me llama Jiménez (y shimenez), por no hablar de los motes, de los que sólo contesto a tres, uno de ellos con bastante resignación. Nunca me han llamado Carmencita, porque así llaman a mi madre. Y me parece que son suficientes alternativas y posibilidades como para no atender a ningún otro nombre (me refiero a esos diminutivos tipo Mamen, Pamen, Maika o Menchu que nunca han pegado ni con mi forma de ser, ni de vestir, ni de mirar, ni de sonreir, ni de hablar, ni de saludar, ni de nada que pueda hacer, parecer o recordar).

Y poco más, salvo que más allá de que me guste o no, creo que es muy práctico llamarme Carmen porque de mi Santo avisan en el telediario, cosa que no sucede ni con los Manolos, ni con las Isabeles ni con las Patricias. Y me encanta que me feliciten (por mi santo, aclaro) y hoy lo han hecho de todas las maneras posibles: por teléfono, en persona, por e-mail, por Whatsapp, por Twitter, por el blog, por SMS, por BB messenger, por Facebook, y hasta por carta (esto sólo el Corte Inglés) y por paquetería de Seur (el Jotdown, que me ha llegado justo hoy). Y además yo, el día del Carmen, tengo bola extra, que es cuando oigo lo de “Gracias, hija, igualmente“. Insuperable.