Más majo que las pesetas

Ese dicho de “es más majo que las pesetas” siempre me ha resultado de lo más , de lo más, de lo más… ¡de todo!. Paleto, cretino, cursi, bobalicón, inelegante y materialista. Y desde que gastamos euros, casposo y anticuado. Para empezar, ya lo de “majo” me molesta un poco. Y lo de “maja” también, a no ser que lo diga mi amiga Olga de Pamplona, que dice “Ay majaaaa“, con mucha gracia. Creo que es al único ser vivo con el don de la palabra hispana a quien se lo soporto.

¿Que a qué viene esto? Pues porque hace un ratillo me encuentro con un vecino que me pregunta por mi sobrino, que es un chico alto, delgado, monísimo, educado, bien vestido (a pesar de ciertas frivolités militares), que da gusto verle, y mirarle, y oirle, y olerle, y pensarle, y hablarle, y va y me dice “ah, tu sobrino, qué majo es… ¡es que es más majo que las pesetas!“. Se me ha puesto el rictus del revés. Y me ha empezado a salir humo por la coronilla. La vista se me nublaba y sentía un helicobácter por el píloro, diciéndome “déjame que salga, déjame que salga“. Y he contestado, con una sonrisa encantadora (encantadora de chica encantadora y llena de ingenuidad que no ha roto un plato en su vida y que aunque hubiera roto alguno seguiría siendo encantadora y llena de ingenuidad):

– ¿ Pesetas? ¿Y eso cuánto es en euros?

Bueno, la verdad es que no es verdad. No he contestado eso. No he contestado nada. Con el rictus del revés y un helicobácter macarra por el píloro se me hace muy cuesta arriba poner sonrisa encantadora. Por no hablar de fingir ingenuidad ¡un lunes!