Japón

Fui a Tokio hace cinco años, en un viaje de estudios. Cuando llegué, me pareció haber aterrizado en otro planeta. Y cuando regresé, tenía la certeza de haber estado, efectivamente, en otro planeta. Volví estupefacta.

Me compré un libro amarillo. No tengo ni idea del título, ni del autor. Es más: no sé ni cuál es el derecho y el revés. Ni si es un libro de poemas, de autoayuda o una novela. Pero es bonito. También compré un bastón para mi abuela. Negro, con florecitas azules y rojas pintadas, una preciosidad. El bastón se usa normalmente, los viejecitos de allí son como los de aquí, igual de adorables.

La última noche, fuimos a cenar a un viejo restaurante, lejos de donde van los turistas. Cuando íbamos a pagar, para nuestra sorpresa no aceptaban tarjetas de crédito y  comprobamos con cierto estupor que no llevábamos suficiente dinero. Nos marchamos dejando una simple tarjeta de visita, con la promesa de hacer una transferencia unos días después. La mirada confiada, natural, sonriente, casi agradecida, de los dueños del restaurante, dos señores de mediana edad, no se me olvidará.

El terremoto y el tsunami también me han dejado estupefacta. La reconstrucción, sin embargo, no me sorprenderá.