La Palma

En verano de 2009, La Palma, una isla a la que solo el 10% de españoles hubiera logrado colocar en un mapa, sufría un incendio pavoroso. Abría los telediarios y ocupaba portadas en los periódicos. Yo tenía un billete para la isla, la Bonita decían, aunque tal y como iba el incendio, sería ya la isla “que fue bonita”, o directamente la isla chamuscada y yo dudaba si meter en la maleta un sombrero Panamá o una gorra de amianto.

Aprendimos allí que lo que dicen los periodistas godos no deja de ser una tontería, y que su memoria será tan fugaz como el destrozo causado por el fuego. Los pinares se regenerarán en un par de años, no hay que llorar, la naturaleza sabrá defenderse en este caso. Es verdad que el agricultor que ha perdido las cabras o el platanar las pasara canutas, pero los bosques saldrán adelante, y con él, la riqueza de la tierra. La isla bonita seguirá siendo exuberante, verde, llena de agua, de pájaros, de montaña, de vida y de frescura.

Y de tan buen vino como de olas enrabietadas.