Gran Canaria

Pregunté donde tendría garantía de buen tiempo, al menos de calor. El invierno se hacia largo, con lluvia, y un frío mas desapacible de lo normal. Un largo enero, casi interminable, con el estrés propio de cada principio de año. Porque todos se van de vacaciones cada Navidad a abandonarse entre polvorones y mazapanes, y a hacer una cosa que llaman “cargar las pilas”, que yo calculo que debe ser algo así como agarrarse unos buenos zorrocotrones al calor del licor de pera y de la sidrita para los niños y olvidar lo lento que pasa el tiempo cuando no tienes a nadie a quien dar órdenes.

Mi querido Alejandro, a quien Lady Gaga no tiene el gusto de conocer, me recomendó el sur de su isla. Un lugar llamado Meloneras. Ese nombre tiene menos glamour que una Berlingo descapotable, pero yo me fió siempre de lo que me dice Alejandro si se trata de disfrutar de la vida. Y allí que me fui, a compartir indolencia con jubilados alemanes y ancianitas danesas. Por la mañana me ponía un rato el cerebro para decidir si prefería té o café y así ordenar al camarero. Me lo dejaba justo hasta que recordaba que no me gusta jugar al golf y que mejor dejaba mi cuerpo al sol en una playa. Luego ya me lo quitaba y lo dejaba en la habitación hasta el día siguiente. Leí dos libros y lo único que tuve a bien cargar fue la batería del i- pod unas cuantas veces.

Es Gran Canaria, la isla en la que no se necesita ponerse el cerebro.