Agujeros negros

La velocidad de escape de la Tierra es de 40.000 Km/h: es la velocidad que debe alcanzar un cohete a fin de liberarse de la gravedad. En 1783 el astrónomo John Michell fue el primero en preguntarse qué pasaría si una estrella se volviera tan masiva que su velocidad de escape fuera igual a la velocidad de la luz. Su gravedad sería tan inmensa que nada podría escapar a ella, ni siquiera su propia luz y por lo tanto, el objeto aparecería negro para el mundo exterior y no se podría ver.

Hoy sabemos que esto no es del todo así. El agujero negro está rodeado por un “disco de acrecentamiento” de gas, arremolinado a su alrededor. Hay un límite – el horizonte de sucesos – que es el punto más lejano al que puede viajar la luz. Si se traspasa el horizonte de sucesos, uno cae en el agujero negro en un viaje solo de ida. Pero si el gas que hay en el disco de acrecentamiento evita el horizonte de sucesos, sale lanzado a velocidades enormes y es expulsado hacia el espacio, formando chorros de gas multicolor y haciendo del agujero negro un cuerpo celeste visible enormemente bello.

Se han identificado dos tipos de agujeros negros. El estelar, en el que la gravedad aplasta a una estrella moribunda hasta que implosiona; y los galácticos, algunos tan potentes que pueden consumir estrellas enteras. Utilizando los poderosos telescopios actuales, los astrónomos estiman que hay al menos unos 300 millones de agujeros negros en todo el cielo nocturno. Yo, con mi nueva graduación de gafas, estimo que puede haber dos o tres en un organigrama.

(Michio Kaku, “Universos paralelos”, ediciones Atalanta, pág. 140 y siguientes).